lunes, 11 de mayo de 2009

†-Epica - The Divine Conspiracy-†

http://www.epicamexico.com/components/com_datsogallery/img_pictures/galeria99_20070620_1543409196.jpg

http://4.bp.blogspot.com/_AX9OEAk-Z5c/R4RA71Si_6I/AAAAAAAABOY/JHgUnYlGkNY/s320/Epica-The_Divine_Conspiracy-Frontal.jpg

Tracklist:
1. Indigo (Prologue) 02:05
2. The Obsessive Devotion 07:13
3. Menace of Vanity 04:13
4. Chasing the Dragon 07:40
5. Never Enough 04:47
6. La‘petach Chatat Rovetz (The Final Embrace) 01:46
7. Death of a Dream (The Embrace That Smothers Part VII) 06:03
8. Living a Lie (The Embrace That Smothers - Part VIII) 04:56
9. Fools of Damnation (The Embrace That Smothers - Part IX) 08:42
10. Beyond Belief 05:25
11. Safeguard to Paradise 03:46
12. Sancta Terra 04:57
13. The Divine Conspiracy 13:56

Descargar

gran disco de epica , muy recomendable ^^

miércoles, 6 de mayo de 2009

†-Lacrimosa - Sehnsucht-†

Aqui esta el nuevo cd de Lacrimosa ^^ !!
Ya lo estoy descargando ^^
disfruten de esta genial banda y su nuevo material ...

Lacrimosa - Sehnsucht


Tracklist:
1.Die Sehnsucht in mir 8:03
2.Mandira Nabula 5:17
3.A.u.S. 6:50
4.Feuer 4:33
5.A prayer for your heart 5:13
6.I lost my star in Krasnodar 5:39
7.Die Taube 7:28
8.Call me with the voice of love 3:36
9.Der tote Winkel 5:23
10.Koma 7:46

martes, 5 de mayo de 2009

†-Lacuna Coil - Shallow Life (2009)-†

El nuevo cd de Lacuna Coil ^^
se nota en el sonido de la banda ...
pero igualmente me agradó
y a ustedes ?


Año: 2009
Tamaño: 42 mb
Calidad:128~192 kbps

Tracklist:
1. Survive
2. I Won't Tell You
3. Not Enough
4. I'm Not Afraid
5. I Like It
6. Underdog
7. The Pain
8. Spellbound
9. Wide Awake
10. The Maze
11. Unchained
12. Shallow Life

†-Descarga-†

pass: loquilandia

†-Moonspell - Luna y Everything Invaded -†

Amo moonspell ^^ ...les dejo unos videos.
Disfruten !

Moonspell - Everything Invaded



†-Descargar-†

From the soul to its waste,
The Common hates his evil twin.
Everything invaded
In its simplicity

How did you get inside me?

Still all fascinated,
Invaded by everything.

In the first morning light
The touch of death covering skies,
Everything invaded
(and) All the fears inspired

How did you get inside me?

Still all celebrated
Invaded by everything

Everything so full
In the lives I have taken with Me.
All our moments wasted
All is getting in.

Still all violated
Divided by everything

And all the grace disturbed.
All existence false.
All your dead generations!
I am a son of yours and I am coming back.

Everything invaded
In its finality.
Tell me will it hurt
When you get outside of me?

Everything is breaking.
Why have we ever stopped here?
Everything invaded
I am a son of yours
And I am giving up.

Everything invaded
Invaded by everything




Moonspell - Luna



†-Descargar-†

Bleed no reflection
Upon the waters that you fear
Make things happen

Accept no resignation
For some life has been cruel
You have set the mood

Thinking about you... Luna

Lay the serpent's egg
In this worlds of make believe
And make things real

My seed of a lunacy
Was a sign made to resist
A mood set from birth

Thinking about you... Luna

Show me, your moon burns
Take me as the moon burns
The freezing Moon
Making things real for me
The killing Moon
Making things happen for me

Luna - All above
Wound of light in the enemy skies
Make things happen for me

On the eve of self destruction
On the eve of all can be... Thinking about you

domingo, 3 de mayo de 2009

†- El Fabricante de Ataúdes -†

Dejo este genial relato sobre un fabricante de ataudes que no se espera q sus "clientes" lo visiten...

El Fabricante de Ataúdes.
Alexander Sergéyevich Pushkin.

¿No vemos cada día ataúdes,
del mundo canas de decrepitud?

Los últimos bultos del fabricante de ataúdes, Adrián Prójorov, se cargaron sobre el coche fúnebre, y la pareja de rocines se arrastró por cuarta vez de la Basmánnaya a la Nikítinskaya, calle a la que el fabricante se mudaba con todos los suyos. Tras cerrar la tienda, colocó a la puerta un letrero en el que se anunciaba que la casa se vendía o alquilaba, y se dirigió caminando al nuevo domicilio. Cerca ya de la casa amarilla, que desde hacía tanto había tentado su imaginación y que por fin había comprado por una respetable suma, el viejo artesano sintió con sorpresa que no había alegría en su corazón.

Al atravesar el umbral y ver el alboroto que reinaba en su nueva morada, suspiró recordando su vieja casucha, donde a lo largo de dieciocho años todo se había regido por el más estricto orden; comenzó a regañar a sus dos hijas y a la sirvienta, y él mismo se puso a ayudarlas.

Pronto todo estuvo en su sitio: el rincón de las imágenes con los iconos, el armario con la vajilla; la mesa, el sofá y la cama ocuparon los rincones que él les había destinado en la habitación trasera; en la cocina y el salón se pusieron los artículos del dueño de la casa: ataúdes de todos los colores y tamaños, así como armarios con sombreros, mantones y antorchas funerarias. Sobre el portón se elevó un anuncio que representaba a un vigoroso Eros con una antorcha invertida en una mano, con la inscripción: «Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos.» Las muchachas se retiraron a su salita. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a una ventana y mandó que prepararan té.

El lector versado sabe bien que tanto Shakespeare como Walter Scott han soñado a sus sepultureros como personas alegres y bromistas, para así, por efecto del contraste, sorprender nuestra imaginación. Pero en nuestro caso, en honor a la verdad, no podemos seguir sus ejemplos y nos vemos obligados a reconocer que el carácter de nuestro fabricante de ataúdes se acomodaba absolutamente con su lúgubre oficio. Adrián Prójorov por lo general tenía un aire sombrío y pensativo. Sólo quebraba su silencio para regañar a sus hijas cuando las encontraba de brazos cruzados mirando a los transeúntes por la ventana, o bien para pedir una suma exagerada por sus obras a los que tenían la desgracia (o la suerte, en ocasiones) de necesitarlas.

De modo que Adrián, sentado junto a la ventana y tomándose la séptima taza de té, se hallaba sumergido en sus tristes reflexiones. Pensaba en la tormenta que una semana atrás había sorprendido justo a las puertas de la ciudad al entierro de un brigadier retirado. Por culpa de la lluvia, muchos mantos se habían encogido, y torcido muchos sombreros. Los gastos se preveían inevitables, pues las viejas reservas de prendas funerarias estaban en un estado lamentable. Confiaba recuperarse de las pérdidas con la vieja comerciante Triújina, que estaba al borde de la muerte desde hacía cerca de un año. Pero Triújina se estaba muriendo en Razguliái, y Prójorov temía que sus herederos, a pesar de su promesa, se ahorraran el esfuerzo de mandar a por él hasta tan lejos y se las arreglaran con la funeraria más cercana.

Estas reflexiones se vieron casualmente interrumpidas por tres golpes francmasones en la puerta.

-¿Quién es? -preguntó Adrián.

La puerta se abrió, y un hombre, que a primera vista parecía alemán, ingresó en el cuarto, y con aspecto alegre se acercó al fabricante de ataúdes.

-Disculpe, amable vecino. -dijo- Perdone que le moleste... Quería saludarlo cuanto antes. Soy zapatero, me llamo Gotlib Schultz, y vivo al otro lado de la calle, en la casona que está frente a sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le ruego que usted y sus hijas vengan a comer a mi casa como buenos amigos.

La invitación fue aceptada con benevolencia. El dueño de la casa rogó al zapatero que se sentara y tomara con él una taza de té, y gracias al natural abierto de Gotlib Schultz, rápidamente se pusieron a conversar amablemente.

-¿Cómo marcha el negocio? -preguntó Adrián.
-He-he-he. -balbuceó Schultz- Ni bien ni mal. No me quejo. Aunque, desde ya, mi mercadería no es como la suya: un vivo puede pasarse sin botas, pero un muerto no puede vivir sin su ataúd.
-Tan cierto como que hay un Dios. -observó Adrián- Y, sin embargo, si un vivo no tiene con qué comprarse unas botas, mal que le pese, seguirá andando descalzo; en cambio, un difunto harapiento, aunque sea de balde, se llevará su ataúd.

Así prosiguió algunos minutos la charla entre ambos; finalmente, el zapatero se levantó y antes de despedirse, le renovó su invitación.

Al día siguiente, justo a las doce, el fabricante de ataúdes y sus hijas salieron de su nueva casa y se dirigieron a la de su vecino. No voy a describir ni el caftán ruso de Adrián Prójorov, ni los atavíos europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre adoptada por los novelistas actuales. No me parece, sin embargo, superfluo señalar que ambas muchachas llevaban sombreritos amarillos y zapatos rojos, algo que sucedía sólo en ocasiones solemnes.

La estrecha vivienda del zapatero estaba atestada de invitados, en su mayoría alemanes artesanos con sus esposas y sus oficiales. Entre los funcionarios rusos se encontraba un guardia de garita, el finés Yurko, que, a pesar de su humilde grado, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño.

Había servido en este cargo de cuerpo y alma durante veinticinco años, como el cartero de Pogorelski. El incendio del año doce que destruyó la primera capital de Rusia, devoró también la garita amarilla del guardia. Pero tan pronto como fue expulsado el enemigo, en el lugar de la garita apareció una nueva, de color grisáceo, con blancas columnillas de estilo dórico, y Yurko volvió a ir y venir junto a ella. Lo conocían casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie, y algunos de ellos incluso habían pasado en la garita de Yurko alguna noche del domingo al lunes.

Adrián rápidamente entabló relación con él, pues era alguien a quien tarde o temprano podría necesitar, y en cuanto los invitados se acercaron a la mesa, se sentaron juntos.

El matrimonio Schultz y su hija Lotchen, una muchacha de diecisiete años, reunidos con los comensales, atendían juntos a los invitados y ayudaban a la cocinera. La cerveza corría sin parar. Yurko comía por cuatro: Adrián no se quedaba atrás. La conversación en alemán se hacía por momentos más ruidosa. De repente, el dueño solicitó la atención de los presentes y, tras descorchar una botella lacrada, pronunció en voz alta en perfecto ruso:

-¡A la salud de mi buena Luise!

Brotó la espuma del vino. El anfitrión besó tiernamente la cara fresca de su cuarentona compañera, y los convidados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luise.

-¡A la salud de mis amables invitados! -proclamó el anfitrión descorchando la segunda botella.

Y los convidados se lo agradecieron vaciando nuevamente sus copas. Y uno tras otro siguieron los brindis: bebieron a la salud de todos por separado, bebieron a la salud de Moscú y de una docena entera de ciudades alemanas, bebieron a la salud de todos los talleres en general y de cada uno en particular, bebieron a la salud de los maestros y de los oficiales. Adrián bebía con tesón, y se animó hasta tal punto que llegó a proponer un brindis ocurrente. De pronto uno de los invitados, un gordo panadero, levantó la copa y exclamó:

-¡A la salud de aquellos para quienes trabajamos!

La propuesta fue recibida con alegría y de manera unánime. Los invitados comenzaron a hacerse reverencias los unos a los otros: el sastre al zapatero, el zapatero al sastre, el panadero a ambos, todos al panadero, etcétera. Yurko, en medio de tales reverencias recíprocas, le gritó a su vecino:

-¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!

Todos se echaron a reír, pero el fabricante de ataúdes se ofendió. Nadie lo había notado, los comensales continuaron bebiendo, y ya tocaban a vísperas cuando empezaron a levantarse de la mesa.

Los convidados se retiraron tarde, y la mayoría, ebrios. El gordo panadero y el encuadernador llevaron del brazo a Yurko a su garita, observando en esta ocasión el proverbio ruso: Hoy por ti, mañana por mí. El fabricante de ataúdes llegó a casa borracho y de pésimo humor.

-Porque, vamos a ver -pensaba en voz alta- ¿en qué sentido es menos honesto mi oficio que el de los demás? ¡Ni que fuera yo hermano del verdugo! Y ¿de qué se ríen estos herejes? ¿O tengo yo algo de payaso de feria? Tenía ganas de invitarlos para remojar mi nueva casa, de darles un banquete por todo lo alto, ¿pero ahora?, ¡ni pensarlo! En cambio voy a llamar a aquellos para los que trabajo: a mis buenos muertos.

-¿Qué dices, hombre? -interrogó la criada-. ¡Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¡Convidar a los muertos! ¿A quién se le ocurre?
-¡Como que hay un Dios que lo haré! -continuó Adrián- Y mañana mismo. Mis buenos muertos, les ruego que mañana por la noche vengan a mi casa a celebrarlo, que he de agasajarles con lo mejor que tenga...

Tras estas palabras el fabricante de ataúdes se fue a la cama y no tardó en dormirse.
En la calle aún estaba oscuro cuando vinieron a despertarlo. La mercadera Triújina había fallecido aquella misma noche, y un mensajero había llegado a caballo para darle la nueva. El fabricante de ataúdes se vistió de prisa, tomó un coche.

Junto a la puerta de la casa de la difunta ya estaba la policía y, como los cuervos cuando huelen la carne muerta, deambulaban otros mercaderes. La difunta yacía sobre la mesa, amarilla como la cera, pero aún no mancillada por la descomposición. A su alrededor se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas, las velas ardían, los sacerdotes rezaban.

Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven mercader con una levita a la moda, y le informó que el féretro, las velas, el sudario y demás accesorios fúnebres llegarían al instante y en perfecto estado. El heredero le dio distraído las gracias, le dijo que no iba a regatearle el precio y que se encomendaba en todo a su honesto proceder. El fabricante, como de costumbre, juró que no le cobraría más que lo justo y, tras intercambiar una mirada con el administrador, fue a disponerlo todo.

Se pasó el día entero yendo de Razguliái a la Puerta Nikítinskie y de vuelta: hacia la tarde lo tuvo todo listo y, dejando libre a su cochero, se marchó a pie para su casa.

Era una noche de luna. El fabricante de ataúdes llegó felizmente hasta la Puerta Nikítinskie. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro conocido Yurko que, al reconocerlo, le deseó las buenas noches. Era tarde. El fabricante de ataúdes ya se acercaba a su casa, cuando de pronto le pareció que alguien llegaba a su puerta, la abría y desaparecía tras ella.

¿Qué significará esto? -pensó-. ¿Quién más me necesitará? ¿No será un ladrón que se ha metido en casa? ¿O es algún amante que viene a ver a mis hijas? ¡Lo que faltaba!

Y el constructor de ataúdes se disponía ya a llamar en su ayuda a su amigo Yurko, cuando alguien que se acercaba a la valla y se disponía a entrar en la casa, al ver al dueño que corría hacia él, se detuvo y se quitó de la cabeza un sombrero de tres picos. A Adrián le pareció reconocer aquella cara, pero con el apuro no tuvo tiempo de observarlo debidamente.

-¿Viene usted a mi casa? -dijo jadeante Adrián- Pase, por favor.
-¡Nada de halagos, hombre! -contestó el otro con voz seca- ¡Pasa delante y enseña a los invitados el camino!

Adrián tampoco tuvo tiempo para andarse con cumplidos. La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente. ¿Qué diablos pasa?, pensó.

Se dio prisa en ingresar... y entonces, las rodillas se le doblaron. La sala estaba llena de muertos. La luna, ingresando por la ventana, iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices... Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y en el huésped que había llegado con él, al brigadier enterrado durante aquella tormenta.

Todos, damas y caballeros, rodearon al fabricante de ataúdes entre reverencias y saludos; salvo uno de ellos, un pordiosero al que había dado sepultura hacía poco. El difunto, avergonzado de sus harapos, no se acercaba y se mantenía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos decorosamente: las difuntas con sus cofias y lazos, los funcionarios fallecidos, con levita, aunque con la barba sin afeitar, y los mercaderes con caftanes de día de fiesta.

-Ya lo ves, Prójorov,-dijo el brigadier- todos nos hemos levantado en respuesta a tu invitación; sólo se han quedado en casa los que no podían hacerlo, los que se han desmoronado ya del todo y aquellos a los que no les queda ni la piel, sólo los huesos; pero incluso entre ellos uno no lo ha podido resistir, tantas ganas tenía de venir a verte.

En este momento un pequeño esqueleto se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a Adrián. Su cráneo sonreía dulcemente al fabricante de ataúdes. Jirones de paño verde claro y rojo y de lienzo apolillado colgaban sobre él aquí y allá como sobre una vara, y los huesos de los pies repicaban en unas grandes botas como las manos en los morteros.

-No me has reconocido, Prójorov. -dijo el esqueleto- ¿Recuerdas al sargento retirado de la Guardia Piotr Petróvich Kurilkin, el mismo al que en el año 1799 vendiste tu primer ataúd, y además de pino en lugar del de roble?

Dichas estas palabras, el muerto le abrió sus brazos de hueso, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, gritó y le dio un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y todo él se derrumbó. Entre los difuntos se levantó un rumor de indignación: todos salieron en defensa del honor de su compañero y se lanzaron sobre Adrián entre insultos y amenazas. El pobre dueño, ensordecido por los gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y, cayendo sobre los huesos del sargento retirado, se desmayó.

El sol hacía horas que iluminaba la cama en la que estaba acostado el fabricante de ataúdes. Éste por fin abrió los ojos y vio delante suyo a la criada que atizaba el fuego del samovar. Adrián recordó lleno de horror los sucesos del día anterior. Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron confusos en su mente. Adrián esperaba en silencio que la criada le dirigiera la palabra y le refiriese las consecuencias del episodio nocturno.

-Se te han pegado las sábanas, Adrián Prójorovich. -dijo, acercándole la bata- Te ha venido a ver tu vecino el sastre, y el de la garita ha pasado para avisarte que es el santo del comisario. Pero tú has tenido a bien seguir durmiendo y no hemos querido despertarte.

-¿Y de la difunta Triújina no ha venido nadie?
-¿Difunta? ¿Es que se ha muerto?
-¡Serás estúpida! ¿O no fuiste tú quien ayer me ayudó a preparar su entierro?
-¿Qué dices, hombre? ¿Te has vuelto loco, o es que aún no se te ha pasado la resaca? ¿Ayer qué entierro hubo? Si te pasaste todo el día de jarana en casa del alemán, volviste borracho, caíste redondo en la cama y has dormido hasta la hora que es, que ya han tocado a misa.
-¡No me digas! -exclamó con alegría el fabricante de ataúdes.
-Como lo oyes. -contestó la sirvienta.
-Pues si es así, trae en seguida el té y ve a llamar a mis hijas.
Alexander Pushkin.

†- Arte de Mattheu Goodsell -†

Dejo un poco de arte , imagenes con un tinte oscuro que valen la pena mirar
el artista es Mattheu Goodsell y pueden encontrar mas imagenes en su web, http://www.goodsellart.com/
Disfruten ^^!






































Saludos desde las tinieblas...

sábado, 2 de mayo de 2009

†- Sirenia - The Path To Decay -†

Sirenia con un nuevo video , el cual me agradó bastante , pero no tanto como los anteriores My mind's eyes y The other side.

Sirenia se formó a principios de 2001 en Noruega cuando Morten Veland (cantante) se alejó de su anterior banda Tristania debido a desacuerdos musicales y problemas personales, Morten Veland también incluyó en este proyecto a Kristian Gundersen en las voces masculinas limpias y en la guitarra, Henriette Bordvik en la voz, y en la batería a Jonathan Perez.

En el año 2007, Sirenia lanza su tercer álbum oficial ( sin contar el MCD Sirenian Shores ),llamado Nine Destinies And A Downfall, con una nueva vocalista, llamada Monika Pedersen, ya que Henriette Bordvik abandonó el grupo por razones personales.

Ese mismo año, el 5 de noviembre, se comunica en su página oficial que la nueva vocalista Monika Pedersen abandona el grupo por diferencias musicales. Monika es la tercera cantante que abandona le grupo (una por álbum). En los siguientes meses el grupo contrata a la cantante española Pilar Giménez García, "Aylin"

SIRENIA - The Path To Decay

Letra:

Life brings nothing for the same
Keep searchin' new days on the horizon
While time just seems to slip away
I'm leaving no trace along the way

Seems like I'm falling deeper
Deeper inside myself
Feels like I'm growing weaker
Much weaker each day
Along the path to decay

The lights are fading day by day
No cure for the lost, there's no ascending
When life could not become more pale
A new dawn is here, another day

Seems like I'm falling deeper
Deeper inside myself
Feels like I'm growing weaker
Much weaker each day
Along the path to decay

[Guitar solo]

Seems like I'm falling deeper
Deeper inside myself
Feels like I'm growing weaker
Much weaker each day
Along the path to decay

[Choir]
http://espaciomusica.com/wp-content/uploads/sirenia1.jpg


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SIRENIA - My Mind's Eye






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Sirenia - The Other Side





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dejo tambien videos con la antigua cantante Monika Pedersen
personalmente .. me gustaba mas antes

saludos desde las tinieblas...

viernes, 1 de mayo de 2009

†-El Árbol de la Colina-†


El Árbol de la Colina.

Al sudeste de Hampden, muy cerca de la tortuosa garganta que excava el río Salmón, se extiende una cadena de colinas escarpadas y rocosas que han desafiado todo intento de colonización. Los cañones son demasiado profundos, los precipicios demasiado escarpados como para que nadie, excepto el ganado, visite el lugar.

La última vez que me acerqué a Hampden, la región (conocida como el infierno) formaba parte de la Reserva del Bosque de la Montaña Azul. Ninguna ruta comunica este lugar inaccesible con el mundo exterior, y los montañeses dicen que es un trozo del jardín de Su Majestad Satán transplantado a la Tierra. Una leyenda local asegura que la zona está hechizada, aunque nadie sabe exactamente porqué. Los lugareños no se atreven a aventurarse en sus misteriosas profundidades, y dan crédito a las historias que cuentan los indios, antiguos moradores de la región, acerca de unos demonios gigantes venidos del Exterior que habitaban en estos parajes.

Estas sugerentes leyendas estimularon mi curiosidad. La primera y, ¡gracias a Dios!, última vez que visité aquellas colinas tuvo lugar en el verano de 1938, cuando vivía en Hampden con Constantine Theunis. Él estaba escribiendo un tratado sobre la mitología egipcia, por lo que yo me encontraba solo la mayoría del tiempo, a pesar de que ambos compartíamos un pequeño apartamento en la Calle Beacon que miraba a la infame Casa del Pirata, construida por Exer Jones hacía sesenta años.

La mañana del 23 de junio me sorprendió caminando por aquellas siniestras y tenebrosas colinas que a aquellas horas, las siete de la mañana, parecían bastante ordinarias. Me alejé siete millas hacia el sur de Hampden y entonces ocurrió algo inesperado. Estaba escalando por una pendiente herbosa que se abría sobre un cañón particularmente profundo, cuando llegué a una zona que se hallaba totalmente desprovista de la hierba y vegetación propia de la zona. Se extendía hacia el sur, y pensé que se había producido algún incendio, pero, después de un examen más minucioso, no encontré ningún resto del posible fuego. Los acantilados y precipicios cercanos parecían horriblemente chamuscados, como si alguna gigantesca antorcha los hubiese barrido, haciendo desaparecer toda su vegetación. Y aun así seguía sin encontrar ninguna evidencia de que se hubiese producido un incendio... Caminaba sobre un suelo rocoso y sólido sobre el que nada florecía.

Mientras intentaba descubrir el núcleo central de esta zona desolada, me di cuenta de que en el lugar había un extraño silencio. No se veía ningún ave, ninguna liebre, incluso los insectos parecían evitar la zona. Me encaramé a la cima de un pequeño montículo, intentando calibrar la extensión de aquel paraje inexplicable y triste. Entonces vi el árbol solitario.

Se hallaba en una colina un poco más alta que las circundantes, de tal forma que enseguida lo descubrí, pues contrastaba con la soledad del lugar. No había visto ningún árbol en varias millas a la redonda: algún arbusto retorcido, cargado de bayas, que crecía encaramado a la roca, pero ningún árbol. Era muy extraño descubrir uno precisamente en la cima de la colina.

Atravesé dos pequeños cañones antes de llegar al sitio; me esperaba una sorpresa. No era un pino, ni un abeto, ni un almez. Jamás había visto, en toda mi existencia, algo que se le pareciera; ¡y, gracias a Dios, jamás he vuelto a ver uno igual! Se parecía a un roble más que a cualquier otro tipo de árbol. Era enorme, con un tronco nudoso que media más de un metro de diámetro y unas inmensas ramas que sobresalían del tronco a tan sólo unos pies del suelo. Las hojas tenían forma redondeada y todas tenían un curioso parecido entre sí. Podría parecer un lienzo, pero juro que era real. Siempre supe que era, a pesar de lo que dijo Theunis después.

Recuerdo que miré la posición del sol y decidí que eran aproximadamente las diez de la mañana, a pesar de no mirar mi reloj. El día era cada vez más caluroso, por lo que me senté un rato bajo la sombra del inmenso árbol. Entonces me di cuenta de la hierba que crecía bajo las ramas. Otro fenómeno singular si tenemos en cuenta la desolada extensión de tierra que había atravesado. Una caótica formación de colinas, gargantas y barrancos me rodeaba por todos sitios, aunque la elevación donde me encontraba era la más alta en varias millas a la redonda.

Miré el horizonte hacia el este, y, asombrado, atónito, no pude evitar dar un brinco. ¡Destacándose contra el horizonte azul sobresalían las Montañas Bitterroot! No existía ninguna otra cadena de picos nevados en trescientos kilómetros a la redonda de Hampden; pero yo sabía que, a esta altitud, no debería verlas. Durante varios minutos contemplé lo imposible; después comencé a sentir una especie de modorra.

Me tumbé en la hierba que crecía bajo el árbol. Dejé mi cámara de fotos a un lado, me quité el sombrero y me relajé, mirando al cielo a través de las hojas verdes. Cerré los ojos. Entonces se produjo un fenómeno muy curioso, una especie de visión tenue y nebulosa, un sueño diurno, una ensoñación que no se asemejaba a nada familiar. Imaginé que contemplaba un gran templo sobre un mar de cieno, en el que brillaba el reflejo rojizo de tres pálidos soles. La enorme cripta, o templo, tenía un extraño color, medio violeta medio azul. Grandes bestias voladoras surcaban el nuboso cielo y yo creía sentir el aletear de sus membranosas alas. Me acerqué al templo de piedra, y un portalón enorme se dibujó delante de mí. En su interior, unas sombras escurridizas parecían precipitarse, espiarme, atraerme a las entrañas de aquella tenebrosa oscuridad. Creí ver tres ojos llameantes en las tinieblas de un corredor secundario, y grité lleno de pánico.

Sabía que en las profundidades de aquel lugar acechaba la destrucción; un infierno viviente peor que la muerte. Grité de nuevo. La visión desapareció. Vi las hojas y el cielo terrestre sobre mí. Hice un esfuerzo para levantarme. Temblaba; un sudor gélido corría por mi frente. Tuve unas ganas locas de huir; correr ciegamente alejándome de aquel tétrico árbol sobre la colina; pero deseché estos temores absurdos y me senté, tratando de tranquilizar mis sentidos. Jamás había tenido un sueño tan vívido, tan horripilante. ¿Qué había producido esta visión? Últimamente había leído varios de los libros de Theunis sobre el antiguo Egipto... Meneé la cabeza y decidí que era hora de comer algo. Sin embargo, no pude disfrutar de la comida. Entonces tuve una idea.

Saqué varias instantáneas del árbol para mostrárselas a Theunis, seguro de que las fotos lo sacarían de su habitual estado de indiferencia. A lo mejor le contaba el sueño que había tenido... Abrí el objetivo de mi cámara y tomé media docena de instantáneas del árbol. También hice otra de la cadena de picos nevados que se extendía en el horizonte. Pretendía volver y las fotos podrían servir de ayuda... Guardé la cámara y volví a sentarme sobre la suave hierba. ¿Era posible que aquel lugar bajo el árbol estuviera hechizado?

Sentía pocas ganas de huir... Observé las curiosas hojas redondeadas. Cerré los ojos. Una suave brisa meció las ramas del árbol, produciendo musicales murmullos que me arrullaban. Y, de repente vi de nuevo el pálido cielo rojizo y los tres soles. ¡Las tierras de las tres sombras! Otra vez contemplaba el enorme templo.

Era como si flotase en el aire, ¡un espíritu sin cuerpo explorando las maravillas de un mundo loco y multidimensional! Las cornisas inexplicables del templo me aterrorizaban, y supe que aquel lugar no había sido jamás contemplado ni en los más locos sueños de los hombres. De nuevo aquel inmenso portalón bostezó delante de mí; y yo era atraído hacia las tinieblas del interior. Era como si mirase el espacio ilimitado. Vi el abismo, algo que no puedo describir en palabras; un pozo negro, sin fondo, lleno de seres innominables y sin forma, cosas delirantes, salvajes, tan sutiles como la bruma de Shamballah. Mi alma se encogió. Tenía un pánico devastador. Grité salvajemente, creyendo que pronto me volvería loco. Corrí, dentro del sueño corrí preso de un miedo salvaje, aunque no sabía hacia dónde iba... Salí de aquel horrible templo y de aquel abismo infernal, aunque sabía, de alguna manera, que volvería...

Por fin pude abrir los ojos. Ya no estaba bajo el árbol. Yacía, con las ropas desordenadas y sucias, en una ladera rocosa. Me sangraban las manos. Me erguí, mirando a mi alrededor. Reconocí dónde me hallaba: ¡era el mismo sitio desde donde había contemplado por primera vez toda aquella requemada región! ¡Había estado caminando varias millas inconsciente! No vi aquel árbol, lo cual me alegró... incluso las perneras del pantalón estaban vueltas, como si me hubiese estado arrastrando parte del camino... Observé la posición del sol. ¡Atardecía! ¿Dónde había estado? Miré la hora en el reloj. Se había parado a las 10:34...

Howard Phillip Lovecraft.

Este relato me gusto mucho y me atrapo durante el tiempo q demore en leerlo por completo ...
tomense un tiempo y leanlo, vale la pena ...

†- Whithin temptation -†



Esta banda me gusta mucho
les dejo unos videos ...

Angels





Memories





The Howling





Frozen